sábado, 2 de abril de 2016

Paris, un capricho al alcance de un profesora española






Tal vez nos hayamos equivocado al no haber alterado los planes que teníamos para las vacaciones de Semana Santa. A pesar de los atentados de noviembre, hemos vuelto a Paris. Los dos primeros días notamos la ciudad diferente; nos pareció que los parisinos estaban más apagados y, a partir del martes, tras los atentados de Bruselas, a ese vigor desvaído hubo que añadirle una tensión que a veces llegaba a inquietarte, caras de preocupación cada vez que pasaba algún coche de la Policía, menos gente en los lugares emblemáticos, y caras de desasosiego en el aeropuerto al regresar. Nuestro hotel está cerca de una sinagoga, y cada vez que salíamos a la calle, nos encontrábamos con soldados en ropa de campaña con su fusil dispuesto. No era una manera muy reconfortante de comenzar el día, la verdad. Ni siquiera la Pasión según San Mateo, que siempre escuchamos la noche de Viernes Santo, tuvo esta vez el encanto de otros años. Teníamos entradas para la Philarmonie, pero resultaba imposible concentrarse, aunque esto no sólo era debido a la actitud vigilante de los policías de paisano que había entre el público (difícil no verlos, eran los únicos que no estaban atentos al concierto), sino porque es muy difícil apreciar una obra de esta naturaleza en un sitio de diseño y con tanta luz; es como comerse una nécora en una biblioteca, o como arrullar a un bebé a lomos de un caballo. Recordé con añoranza la interpretación del año pasado en la Capilla Real de Versalles, y no digamos, la maravillosa representación del año anterior en la Ópera de Budapest.

Aun así, Paris es Paris, y disfrutamos admirando su arquitectura, recorriendo sus barrios, hablando con la gente, entrando en sus tiendas, y sacándole partido a lo que nuestro presupuesto de profes españoles nos permitió costear. Como esta entrada contiene muchas fotografías, insertaré un salto de línea un poco más abajo, para que haciendo clic podáis verlas todas.



                            Pastelitos y macarrón. Esta foto es de Ladurée, uno de los                                             muchos locales en los que tomamos algo, le dimos un buen repaso al sector. Precio medio de los pasteles: 7 euros, macarrón: 1,60



Y, por supuesto, las maravillosas bombonerías


                     Aquí, parte del botín de este año. Nos lo hemos traído a casa. Se encuentra ya                                        notablemente diezmado. Precio medio por Kg, unos 100 euros:


Hemos comprado quesos, pero no han llevado nada bien el viaje. Lo siento por un camembert maravilloso que compré en la quesería Laurent Dubois del Boulevard Saint-Germain.     



El precio de un menú a la hora de la comida o de la cena en un bistrot (plato principal+ postre), está entre los 14 y 18 euros. En la imagen, un restaurante muy bueno a un precio que nos pudimos permitir un día; Benoit, en la Rue Saint-Martin, cerca del Ayuntamiento. Menú (entrante+ plato principal+postre) 40 euros. Muy recomendable.

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El sábado estábamos en la zona del Boulevard Haussmann a mediodía, así que aprovechamos para comer en el elegante café-salón de té del museo Jacquemart-André. Buena relación calidad precio en un lugar precioso.


Allá al fondo estoy yo, eligiendo un pastel en la vitrina. Pedí una tarta de limón con merengue italiano tostado. Riquísima.


Le Comptoir de la gastronomie, en la Rue Montmartre. Tienen un menú de 15 euros que me gustó. Brik de queso, brocheta de ternera con verduritas, y una porción de tarta de la casa. Muy agradable el ambiente.


Al otro lado del cortinón rojo, tienen una tienda en la que venden patés, terrines y mousses muy buenos. Es un lugar/antigualla con sabor.

La Rue Montmartre desemboca en la Iglesia de San Eustaquio, donde se puede disfrutar sin gastar un euro, de una misa de Ramos entrañable con una música maravillosa.


Es un barrio en el que abundan las tiendas dedicadas a los objetos y productos para la cocina. Pasé una mañana recorriendo estas tiendas. Si no encontráis  en este barrio la varilla, la blonda, la bandeja, o cualquier artilugio de cocina que necesitéis, es que no existe.

Sal perfumada



Esencias. Me traje una de trufa.


Me encantó esta tienda. Y compré varios productos el miércoles para desesperación de José Manuel, que empezó a preguntarse cómo iba a arreglármelas para cerrar mi maleta.


Estuve buscando productos españoles en las tiendas gourmet. En la de La Fayette, además de jamón 5 jotas, pimentón de La Vera y bonito de la marca Ortiz, encontré estas conservas gallegas. El aceite español está casi desaparecido, Italia lo ocupa todo. A ver si espabilamos.


En lugar privilegiado de la sección de carnicería, lucía esta carne anunciada como Côte de boeuf de Galice, pero en la etiqueta lo que puede ver fue algo diferente. Investigaré a ver qué pasa con esto. O es de Galicia o del País Vasco, ¿no?


No iba a poner más fotos de pasteles pero acabo de tropezarme con esta de Dalloyau. Qué ricos.


Una visita a las maravillosas perfumerías.


La de Guerlain en los Campos Elíseos.


Frascos de perfume


Los perfumes a la venta, con sus cintas de colores


Puedes permitirte un perfume personalizado. Eligiendo una combinación de estos aromas de la casa.


Se guardan y etiquetan en estas botellas. Desde 130 euros.




Además de recorrer las exclusivas tiendas de la rue du Faubourg Saint-Honoré, esta vez me atreví a visitar las de Avenue Montaigne, junto a los Campos Elíseos. A mi modo de ver, la más bonita y completa es la de Dior. La más elegante, la de Ralph Lauren. Pero sólo en Dolce e Gabbana  me atreví a probar una prenda

También me atreví a hacerme una foto. No se ve con el detalle necesario para que se pueda copiar, así que me permití el capricho, para recordar el momento. 3500 euros el vestido. Fue bonito mientras duró. 




En esta camisería que está cerca de La Madeleine, encontré prendas confeccionadas con esmero



Y la tienda tiene un aire antiguo y chic. Las camisas cuestan sobre 130 euros



Una de estas camisas está en este momento en mi armario


Y por último, os dejo la mano de José Manuel sosteniendo el helado más rico que he tomado últimamente. Es de limón y albahaca, y nos lo tomamos en Le Bac à Glaces de la Rue du Bac: 3,50 euros


Al llegar a casa teníamos en el correo un informe realizado por Convivencia Cívica sobre el gasto de los parlamentos autonómicos, os lo dejo al final de esta entrada. Después se hizo público el déficit de España, causado, en gran parte, por el despilfarro de las comunidades autónomas. Al repasar las fotos del viaje, encontré esta que le hice a una botella de agua mineral que lucía en una estantería de una tienda gourmet, La Grande Épicerie de Paris. Ya veis el precio: 50 euros. Pues eso. Asociaciones de ideas que tiene una.

Informe sobre el coste de los parlamentos autonómicos

Un abrazo amigos. No comments.




2 comentarios:

  1. Fiona, un capricho fuera del alcance de un caminante español.

    La pasada semana realicé el tramo que el Camino de Finisterre recorre a su paso por la provincia de León. Quería probar unas zapatillas de maratón para testar su comportamiento en tramos concretos del camino, sobre todo ahora que ha llovido mucho y también en uno de los trazados más exigentes del camino: la bajada de Foncebadón. Los resultados son lo de menos, lo significativo ocurrió durante una de las etapas, cuando los diferentes grupos de caminantes se encuentran y desencuentran en las mil y una peripecias que te depara el camino para interactuar con tus semejantes. Caminaba detrás un grupo de tres mujeres británicas, o eso parecían por su acento, cuando en un determinado momento una de ellas se rezagó e hicimos juntos parte del recorrido. Ya saben, antiguamente en la vida real la pregunta de rigor sería ¿estudias o trabajas?, hoy en el camino se traduce en ¿where you come from?
    - Suiden. ¿And you?
    - Espein. I thought you were british…
    - ¿Español? En esta parte del camino no te encuentras con muchos españoles
    - y tú, siendo sueca, ¿hablas español?
    La sueca se llama Fiona y procede de un pueblo llamado Uppsala que para su desgracia no tiene ningún club de fútbol puntero, motivo por el cual ningún español lo conoce. Typically spanish.
    Después de comentar la dureza del camino (Fiona lo había comenzado en Roncesvalles), la falta de hospitalidad de algunos hospitaleros y demás menudencias varias, Fiona me comienza a explicar su amor por España y por nuestro idioma.
    A la edad de diez años, Fiona tiene que elegir un segundo idioma en su colegio. Bien podía haber elegido el francés o el alemán, pero se inclinó por el español. Durante once años estudió tres horas a la semana español con un profesor sueco. Dado el alto nivel de español de Fiona, le comento:
    - vamos a ver, de los diez a los veinte y un años has estudiado unas tres horas semanales de español.
    - sí
    - aquí los españoles que estudian tres horas semanales de inglés llegan a la universidad sin tener ni idea del idioma de Shekspir. Y de Shakespeare mejor no hablamos.
    Es decir, a mí no me salían las cuentas. Pensando que podía haber realizado una Filología hispánica, le pregunto:
    - ¿cuántas horas has estudiado español desde los veinte y años hasta ahora?
    - tengo veinte y un años.
    ¡Cáspita! Me quedo a cuadros. Pensaba que estaba hablando con una mujer y estaba hablando con una cría. En España tal como están las cosas casi podría ser delito. Uno ve a una mujer de un metro ochenta, de unos setenta kilos, con cierto parecido a la espléndida Catherine Zeta Jones de hace veinte años y con los ojos de Sara Carbonero, una hembra hecha y derecha y lo menos que se puede creer es que tenga veinte y un años. Y con una capacidad de aprendizaje que haría palidecer de envidia al estudiante español de inglés más pintado. Y tampoco estamos ante una rata de biblioteca. Les aseguro que yo no camino despacio, y si podía mantener mi ritmo y hablar a la vez, estaba claro que aparte de aplicarse en los estudios, también tenía tiempo para dedicárselo a los deportes.
    A Fiona, es cierto que no le gustan las matemáticas, pero lee con asiduidad literatura española y le gusta - nadie es perfecto - el cine de Pedro Almodóvar.
    No creo que pueda resultar más difícil para una sueca aprender español que para un español aprender inglés. Pero los resultados están a la vista de todos. Y no es éste el lugar para poner a caldo otra vez a los profesores de inglés de este país, pero algo evidentemente estamos haciendo mal.

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  2. En un determinado momento de la agradable charla con mi sueca del camino, le comento a Fiona, que ella tiene el inglés como segundo idioma, un segundo idioma que domina como el sueco. Me interrumpe:
    - en realidad mi primer idioma es el inglés. El sueco es mi idioma materno.
    ¡Coño! ¡Acabáramos! En Suecia se han dado cuenta que con el sueco no van a ninguna parte, que si quieren ser algo en el mundo tienen que hablar inglés. Y han sabido inculcárselo a sus alumnos. Yo creo que este el quid de la cuestión. Está bien que se dedique dinero a la enseñanza de idiomas, que se utilicen las últimas tecnologías, que se pongan en práctica las técnicas pedagógicas más revolucionarias, pero la clave es cambiar el chip, que el alumno interiorice que la única puerta que le puede abrir el derecho a un futuro laboral digno es el inglés. Hay que estudiar una carrera, pero sin dejar de estudiar inglés, porque todos hemos visto ingenieros de caminos que han tenido que ponerse a estudiar inglés con treinta años. Too late.
    Imaginen que en España surgiera un político inteligente, que ya es mucho suponer, y nos dijera que el español (que es hablado por mucha más gente que el sueco) tiene un pretérito pluscuam”perfecto” pero un futuro simple. Dicho en román paladino, si queremos respirar, laboralmente hablando, tenemos que dominar el inglés, no a nivel de usuario, tenemos que hablar inglés como si fuera nuestro idioma materno. (O paterno). Nos puede gustar más o menos, pero como en España nos vamos a quedar para servirle Coca - Colas a los jubilados del norte de Europa, el futuro es el inglés.
    Y siempre vendrá el último de la clase, que para variar será nacionalista y hasta es posible que de izquierdas, diciendo:
    - ¿E que facemos co galego?
    Esto que voy a decir seguramente no es políticamente correcto, pero en pleno siglo XXI, con el inglés, que más que una lengua franca es una Panzerdivision avanzando por Polonia en el año 39, el gallego puede estar muy bien para irse al furancho a tomarse unas cuncas de Ribeiro. Y poco más.
    Aunque ahora nos cueste comprenderlo, los suecos hace tiempo que lo tienen muy claro.
    Fiona, que es consciente que sólo con el inglés su futuro laboral es incierto, sabe que tiene que aprender otros idiomas. Ahora está empezando a estudiar árabe y en un futuro no muy lejano se plantea hincarle el diente al chino. Al idioma, me refiero. Fiona dice que el chino es el idioma del futuro. ¡El chino! me quedo sin palabras y después de mucho pensar no puedo dejar de preguntarle:
    - Y, ¿qué es el futuro?
    - ¿? ¿? ¿?
    - Fiona, defiucha-ar-iu.

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