Xesús Vázquez, á dereita de perfil, xunto a empresarios onte no hotel Pazo de Lestrove. - FOTO: Antonio Hernández

Xesús Vázquez, á dereita de perfil, xunto a empresarios onte no hotel Pazo de Lestrove. - FOTO: Antonio Hernández
Hace ya bastantes años, cuando estaba en mi último año de carrera, tuve un novio holandés. Era una persona maravillosa que había conocido y del que me había enamoriscado en Inglaterra cuando tenía dieciséis años. Siete años más tarde vino a verme a Galicia y empezamos una relación que duró dos años, hasta que la distancia y las circunstancias personales la volvieron imposible. Su vida profesional lo llevó a Hong Kong y Singapur. Después, años más tarde, se casó y tuvo dos hijas y ahora vive en Shangai, desde donde dirige una rama de la multinacional que puso en marcha junto con tres amigos.
Cuando yo le conocí pertenecía a una de esas familias que forman la élite de los países, los hijos de los dirigentes y de los mega-empresarios, educados en colegios exclusivos, que después suelen ocupar un lugar similar al de sus padres en la sociedad europea. Sin embargo, ni él ni su círculo de amistades eran personas que pudiera calificar de "estirados", a pesar de que algunos vivían en castillos, tenían en el garaje de casa un Rolls y unos cuantos coches exclusivos más, viajaban en jet privado, y alguno ostentaba títulos nobiliarios que cualquier nuevo rico se moriría por poder comprar. Era una gente sencilla y acogedora, aunque también muy delicada en el trato. Mi entonces novio no sólo era bello por dentro y por fuera, sino que era la persona más elegante en sus modales que yo había conocido. Una tarde, en una de mis vistas a Holanda, tuve que ir a Club en el que se reunía con sus amigos una vez al mes. Aunque se trataba de reuniones sólo para chicos, le pedí al portero que me permitiera entrar porque tenía que darle un recado urgente de su madre. Cuando estuve dentro me quedé asombrada. Creo que él era el único que no estaba borracho como una cuba. Todos vestían una camisa "blanca", igual corbata con el anagrama del club y una americana de color imposible. Todas las prendas estaban en un estado de suciedad indescriptible; después supe que las normas les impedían lavarlas hasta que se acababa la temporada, que duraba todo el invierno. Decían palabrotas, que en holandés suenan especialmente mal, se reían a carcajadas se daban empujones y bailaban subidos a las mesas. Por lo visto, aquello era un desahogo que necesitaban para sobrellevar su estresada vida de delfines de la élite centroeuropea. La verdad es que no se metían con nadie, pero aquello me hizo preguntarme si los personajes reales eran los que había visto aquella tarde o los hipercorrectos que había conocido; no supe discernir en qué papel se encontraban realmente más a gusto.
Cuando yo le conocí pertenecía a una de esas familias que forman la élite de los países, los hijos de los dirigentes y de los mega-empresarios, educados en colegios exclusivos, que después suelen ocupar un lugar similar al de sus padres en la sociedad europea. Sin embargo, ni él ni su círculo de amistades eran personas que pudiera calificar de "estirados", a pesar de que algunos vivían en castillos, tenían en el garaje de casa un Rolls y unos cuantos coches exclusivos más, viajaban en jet privado, y alguno ostentaba títulos nobiliarios que cualquier nuevo rico se moriría por poder comprar. Era una gente sencilla y acogedora, aunque también muy delicada en el trato. Mi entonces novio no sólo era bello por dentro y por fuera, sino que era la persona más elegante en sus modales que yo había conocido. Una tarde, en una de mis vistas a Holanda, tuve que ir a Club en el que se reunía con sus amigos una vez al mes. Aunque se trataba de reuniones sólo para chicos, le pedí al portero que me permitiera entrar porque tenía que darle un recado urgente de su madre. Cuando estuve dentro me quedé asombrada. Creo que él era el único que no estaba borracho como una cuba. Todos vestían una camisa "blanca", igual corbata con el anagrama del club y una americana de color imposible. Todas las prendas estaban en un estado de suciedad indescriptible; después supe que las normas les impedían lavarlas hasta que se acababa la temporada, que duraba todo el invierno. Decían palabrotas, que en holandés suenan especialmente mal, se reían a carcajadas se daban empujones y bailaban subidos a las mesas. Por lo visto, aquello era un desahogo que necesitaban para sobrellevar su estresada vida de delfines de la élite centroeuropea. La verdad es que no se metían con nadie, pero aquello me hizo preguntarme si los personajes reales eran los que había visto aquella tarde o los hipercorrectos que había conocido; no supe discernir en qué papel se encontraban realmente más a gusto.
Al ver hoy en la prensa el triste espectáculo del señor Feijoo diciendo bobadas en un acto que tuvo lugar ayer me pregunté algo parecido. ¿Cuál es el verdadero pensamiento de este Presidente de la Xunta? Tiene un discurso tan diferente según donde se encuentra que uno ya no sabe qué es lo que realmente piensa y en qué cree, si es que cree en algo. Las frases tipo, Galicia una región de España, que utiliza en los medios nacionales, dan paso a afirmaciones como las que hizo ayer en una reunión con los del Foro Enrique Peinador, un grupo que propugna la "galleguización" de las empresas gallegas y que, cómo no, recibe las subvenciones de rigor del bolsillo de todos nosotros.
Os dejo las palabras de Feijoo; no hace falta que os las comente, tienen un trasfondo tan antidemocrático, son de un nacionalismo tan cutre, y son tan incoherentes y si se me permite, ridículas, que os las transcribo tal cual.